Reseñas Educativas/Education Review

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Este reseñado ha sido consultado veces desde de 13 de julio de 2004.

Porter, Luis. (2003). La Universidad de Papel. México, D.F.: Editorial Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH-UNAM).

245 Págs.
ISBN 970-32-0866-5

Reseñado por Eduardo Ibarra Colado
Universidad Autónoma Metropolitana—Iztapalapa

13 de julio de 2004

La Universidad de papel nos invita a reconocer una realidad inventada, pues sustituye a la universidad que opera desde los sujetos y sus relaciones por una universidad hablada, narrada, escrita, provocando una escisión entre una realidad fantástica que se proyecta como existente y una realidad existente que es sistemáticamente negada. Este es el argumento central de La universidad de papel.. De sus páginas es posible entresacar tres facetas o momentos de su autor, confeccionando cada una de las partes de la obra. La primera parte representa la valoración del autor sobre su pasado como asesor experto, conduciéndolo a discutir las ilusiones de la planeación y las posibilidades del cambio. La segunda se teje a partir de las experiencias del arquitecto y el académico frente a las realidades del conocimiento, el arte y la enseñanza, para mostrarnos las posibilidades de nuevas formas de ver, pensar y actuar. La tercera parte se produce desde las convicciones más profundas del zoon politicon, que proyecta el modo de existencia elegido por el autor como ciudadano de la universidad y el proyecto utópico al que aspira. Comentemos brevemente, en los siguientes minutos, cada una de estas tres facetas de una existencia provocativa y singular.

En la primera parte de la obra, Luis Porter se atreve a revisar, con verdadero empeño autocrítico, su propia existencia como asesor experto, haciendo de La Universidad de papel el saldo informado y reflexivo de una manera de ver a la universidad que es ya, sin duda, un obstáculo enorme a sus exigencias de transformación. Desde sus páginas, siempre a contracorriente, Porter niega sistemáticamente el carácter técnico de la planeación, que no puede ser considerada por más tiempo como ese ejercicio racional, apoyado en la observación rigurosa de hechos, para encontrar la mejor manera de conducir a la universidad. Esta visión racionalista, aún dominante, expulsa del problema al sujeto y sus relaciones, cosificándolo en forma de datos sistematizados, que son empaquetados mediante una cierta narrativa a la que sólo tienen acceso los expertos. Con ello se eliminan el problema de considerar a la universidad como fenómeno social y la participación de la sociedad en la construcción de posibles soluciones a los problemas de la universidad. El problema es ya sólo uno de racionalización, digamos, de garantizar que se hagan bien las cosas, de aplicar adecuadamente el procedimiento, de seguir escrupulosamente la receta. Por su parte, la participación no tiene cabida, pues al ser considerado el manejo de la universidad como un asunto de expertos, la apertura hacia otras voces y visiones, se afirma, provocaría distorsiones que pondrían en peligro la naturaleza racional de la solución.

Este es el gran obstáculo que el poder y la burocracia edifican al imaginar a la universidad: al negar que los problemas de la universidad son problemas esencialmente sociales, los esfuerzos de los expertos se centran en la formulación de planes rigurosamente elaborados, de acuerdo con los conocimientos técnicos validados por sus disciplinas y sus diplomas, y sin escuchar las voces de esas fuerzas sociales que deberían formar parte indispensable de la solución.

Uno de los caminos posibles para recrear la planeación, liberándola del racionalismo tradicional que la tiene atrapada, nos propone Luis, supone reconocerla como un proceso colectivo en el que se despliegan capacidades cognoscitivas hoy desaprovechadas. El aprendizaje social resulta esencial para modificar las percepciones de la naturaleza de los problemas y sus posibles soluciones, pues se presenta como la posibilidad de abrirnos al mundo y aceptar que el cambio supone el ejercicio de las potencialidades de una comunidad, haciendo explícitos sus valores y ejercitando su capacidad de comunicación, intercambio, autocrítica y aprendizaje. En este nuevo escenario, el experto estaría llamado a jugar un papel más modesto para propiciar, con otros agentes sociales, la recreación de situaciones problemáticas mediante recursos cognoscitivos que no se agotan en el texto y la palabra.

Las experiencias de Luis Porter como arquitecto y académico otorgan sustancia a los textos de la segunda parte de la obra. En ellos se articulan el conocimiento, el arte y la enseñanza para dar forma al tridente con el que Luis enfrenta las batallas epistemológicas contra la universidad de papel, con la finalidad de avanzar en la reformulación paradigmática que necesitamos para escapara de ella. Su intención es la de conocer y enfrentar los desafíos que se le plantean a la otra universidad, esa que se forma con infinidad de existencias singulares que se tejen cotidianamente desde sus quehaceres, esa que se encuentra reunida hoy, aquí, o en las aulas, pasillos, jardines y laboratorios.

La invitación es a romper con la actual estructura de los saberes, que desliga formas de conocimiento que bien podrían convivir. De un lado, se encuentran el orden, la estructura, la regularidad, el equilibrio, la necesidad, la causalidad y la verdad; y con ellos, las reglas y prácticas de una ciencia instituida que impone formas de pensar, escribir y hablar. Del otro lado, se cultivan nuevas formas de conocimiento que, desafiantes y poco ortodoxas, asumen la normalidad del desorden, el evento, las fluctuaciones, las crisis, el azar, la indeterminación y la incertidumbre. En la actualidad, el embate de las nuevas posturas epistemológicas es incontenible, al grado que los conocimientos positivos más puros han visto contaminadas crecientemente sus aguas, aceptando cada vez más el diálogo que conduzca a una mayor apertura frente a la complejidad del mundo. El desdibujamiento de los límites de las disciplinas y la aceptación de que el conocimiento funciona con razón y sin ella, abre nuevas posibilidades para interpretar realidades diversas, apreciándolas de maneras distintas.

El planteamiento no admite ambigüedades. Porter decide, apuesta y corre sus propios riesgos: el gran desafío que nos plantea la complejidad, nos dice, implica convertirnos hoy en alebrijes del conocimiento, transfigurándonos en ese fantástico animal, el zorroespín, que va construyendo las mediaciones que nos permitirán apreciar el horizonte, sin perder de vista la piedra con la que pudiéramos tropezar. La demanda de Porter es a favor de una aproximación cognoscitiva que se apropie productivamente de las cualidades logísticas del zorro, sin perder por ello los atributos de la visión unitaria y coherente del puercoespín; no se trata de luchar contra la razón estructuralista más cercana a nuestro homo sapiens, sino de unificarla con esa otra razón del arte, la emoción y la poesía, que expresa en todo su valor a nuestro homo demens, logrando con ello una aproximación a realidades que tienen que ver menos con datos y hechos, y más con existencias y sensibilidades. Independientemente de los acuerdos o reclamos que suscite esta visión, es innegable que provoca y da mucho en qué pensar. Este es uno de los grandes retos epistemológicos que plantea la obra.

Necesitamos, por tanto, una nueva universidad que restituya el valor de la formación, superando la escisión de las ciencias y las humanidades, lo que daría lugar a una revolución en nuestras formas de conocer, enseñar y aprender. Este es el tercer puntal de las preocupaciones de Porter en la segunda parte de la obra, y puede ser planteado con las siguientes preguntas: ¿Es posible una práctica docente distinta que atienda las necesidades y aspiraciones de los sujetos del proceso educativo? ¿Es concebible una relación de conocimiento más humana, horizontal, desinteresada e incondicional? Para responderlas, nos dice Porter, se debe partir de un hecho fundamental: la educación no es neutral, ella supone una elección política en la que asumimos si respetamos las reglas y prácticas que indican qué y cómo enseñar o conocer, o si las rechazamos corriendo el riesgo –o, mejor, viviendo la aventura– de actuar buscando nuevos modos que se alimenten de todo lo que ha sido excluido: arte, humanismo y creatividad. En el fondo, lo que está en cuestión es el modelo aún dominante de enseñanza que se preocupa por informar, adiestrar y habilitar, y las posibilidades de sustituirlo por otras modalidades que acepten que los agentes del proceso educativo son sujetos activos que participan en una tarea colectiva, ejerciendo su capacidad reflexiva como modo de conocer.

Luis Porter, además de especialista auto-crítico y zorroespín, es un zoon politicon. Esta condición, aunque se encuentra diseminada en toda la obra, se hace plenamente presente en los textos de la tercera parte, en los que apreciamos su inquebrantable voluntad de expresarse y participar, por propia convicción, a favor de la universidad y las nuevas realidades que la desafían. Como condensación de las dos facetas anteriores, los textos de este apartado final proyectan el modo de existencia elegido por su autor como ciudadano de la universidad, y el proyecto utópico al que aspira.

Esta parte final recupera y reelabora algunas de las ideas en torno a la universidad que el poder, la burocracia y el positivismo han negado o escondido tras montañas de papel que ahogan nuestro entendimiento. De manera destacada, Luis discute la poca fortaleza, la incipiente consolidación y la gran diversidad de las universidades mexicanas, advirtiéndonos sobre los graves riesgos que se corren al querer reproducir experiencias internacionales calificadas de exitosas. Llama también nuestra atención sobre los peligros de políticas elaboradas en el centro que no alcanzan a apreciar, o no les interesa, las especificidades de cada región, de cada localidad y de cada institución. El reiterado centralismo que ha caracterizado a las políticas universitarias en México, y su insistencia de pasar por alto los atributos y las diferencias de sus componentes, han reforzado a la universidad de papel, postergando ad infinitum la solución de los problemas de cada institución y la atención a sus necesidades locales. Se requiere por ello de un regionalismo crítico, como lo denomina Porter, que nos permita confrontar la uniformidad y el egoísmo propios de la autoridad central, con el conocimiento detallado y complejo de cada espacio universitario particular.

Por otra parte, Luis Porter da forma a sus convicciones políticas al introducir dos argumentos indisociables, sin duda polémicos, pero a nuestro entender absolutamente convincentes. En primer lugar, apuesta a cierto individualismo, como singularidad en provecho del otro, que se sustenta en esa capacidad reflexiva y autocrítica que puede conducir a cada individuo a su propia transformación en corto y en pequeño, propiciando con ello la propia minúscula y cotidiana transformación de la universidad. En segundo lugar, aspira a una nueva universidad social, institución pública por la naturaleza inalienable de sus realizaciones, que no deben ser apropiadas de manera privada e intercambiadas en el mercado. La formación de ciudadanos libres, capaces y creativos tiene este sentido, como lo tienen también la producción de conocimientos para propiciar el bienestar de la sociedad, o la difusión y preservación de la cultura que otorga identidad a la nación.

En suma, leer a Porter se presenta como una oportunidad, cada vez más extraña, de dialogar sin dogmatismos, considerando argumentos críticos que incomodan pero que abren también rutas de escape que conducen al optimismo. Confronta a los lectores con un tono radical, directo y fuerte, pero inteligente, emocionado y abierto. Leer esta obra es, por todo esto, una ganancia personal y social, pues nos permite afrontar con fuerzas renovadas la recreación de nuestra existencia en la universidad.

Acerca del autor del libro

Dr. Luis PorterRealizando su sabático en el Centro de Investigación Interdisciplinaria en Ciencias y Humanidades (CEIICH-UNAM) Profesor investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana - Unidad Xochimilco -Teléfono oficina (52 55) 5483 7125. Para mas información: http://academia.uat.edu.mx/porter/

Acerca del autor de la reseña

Eduardo Ibarra Colado es profesor Titular “C” del Área de Estudios Organizacionales de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Es doctor en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente es coordinador del Seminario Permanente de Estudios sobre la Educación Superior del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM. Su trabajo de investigación se ha orientado a lo largo de las dos últimas décadas al estudio de las organizaciones y el análisis de la universidad. Ha publicado diversos libros, ediciones y artículos tanto en México como en el ámbito internacional. Entre sus obras más relevantes se encuentran La universidad ante el espejo de la excelencia: en juegos organizacionales (1993, 1998), Re-conociendo a la universidad, sus transformaciones y su porvenir (2000), La universidad en México hoy: gubernamentalidad y modernización (2001) y Geografía política de las universidades públicas mexicanas (2004). Recientemente fue reconocido por la UAM con el Premio a la Investigación 2003 en el área de Ciencia Sociales y Humanidades. Es miembro regular de la Academia Mexicana de Ciencias y pertenece al Sistema Nacional de Investigadores desde 1985 contando actualmente con el nombramiento de Investigador Nacional nivel II. (Correo electrónico: eic@xanum.uam.mx; Página de internet: http://www.aeo-uami.org/ibarra/ibarra.htm).

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